
(Extracto de la noticia publicada en el periódico La Verdad por José Antonio Moya. Fotografía de Vicente Vicens – AGM)
Cuando sale el toro hay fiesta. Cebada envió seis estampas que dando juego desigual crearon espectáculo y emoción, incluso los que mansearon. Hubo además dos novilleros que quieren y pueden ser toreros, Abel Valls y Diego Leonard. Pero vamos por partes. Iván Pérez no entendió al primero de la tarde que fue un novillo que soñaría cualquier torero. Su labor mencionable se quedó en natural y medio por la izquierda. Se le fue el novillo. El cuarto fue bravucón en el caballo con más genio que casta, no remató en tablas, se fue a la querencia, escarvó y, cuando Iván brindó a la concurrencia la sensación era que se equivocaba. Sin embargo, el novillo le metió la cara e Iván Pérez dio tres tandas de derechazos y ahí se diluyó. Faena de más a menos.
Valls y Lleonard se dedicaron a rivalizar, ambos se fueron a porta gayola; por cierto que Lleonard pudo salir emprendido del lance. Ambos comenzaron de rodillas con los capotes y las franelas. Los dos se sacaron a sus astados al centro del platillo y ambos demostraron una ambición y un creer en sí mismos encomiable. El público vibró.
Valls demostró tener cabeza e ideas claras. En su primer novillo basó su valor en la mano diestra, tres muy buenas tandas prescindiendo del pitón izquierdo, que era más complicado. En el quinto sí enjaretó tres muletazos lentos y templados, rematados por el de pecho en la hombrera contraria, de pintón a rabo.
El tercero de la tarde fue desigual, tan pronto miraba al torero como hacía el avión. El diestro le tapó las dificultades y toreó muy lento por derechazos. En el sexto del festejo equivocó el planteamiento de la faena.
Triunfo de Valls, pero Lleonard, puede ser, e Iván Pérez tiene que esperar, y como resumen un festejo de los que hacen afición. La gente no salió toreando a la calle pero sí se fue con un regusto muy torero.
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